14 enero, 2009

El fin de una era y un estilo...


El inefable alcalde de Arequipa Simón Balbuena, ha decidido retirar del servicio de transporte a unidades vehiculares con una antiguedad mayor a 25 años; claro que la medida tiene una víctima propiciatoria y no son aquellos omnibuses de los años 50 que aún discurren su chirriante chasis por las calles arequipeñas. Tampoco los microbuses que disimulan con poco éxito tras varias capas de pintura sus 30 o 40 años de dolorosa existencia. En realidad sólo hay un sector afectado y es el de la pequeña flota de "lanchones" que trepan tosiendo las alucinantes cuestas que unen el centro de la ciudad con los distritos de Miraflores o Paucarpata. Claro que la amenaza ha convocado el rechazo no sólo de los dueños de estos coches, sino de la población beneficiada con ese servicio. La excusa es simple, disminuir los espantosos niveles de contaminación que tiene Arequipa. Claro que dicha medida no tendrá mayor incidencia en este tema, ya que en realidad la problemática es muchísimo más amplia y compleja. Quiero más bien detenerme en una rápida reflexión acerca de los vehículos afectados. Todos son de manufactura estadounidense, con tremendos motores altamente consumidores de gasolina, con motores recios y carrocerías sólidas, lo que hacía de estos vehículos elementos sumamente contaminantes y gastadores de combustible. Los más perspicaces lograron adaptarlos a uso del diesel, pero por el largo período de uso diario y las tremendas pendientes que vencian a diario, se parecían más a aquellas locomotoras jadeantes que botaban cantidades industriales de humo a inicios del siglo XX. En cada coche podían con algo de esfuerzo, entrar hasta 8 o 9 personas y fueron ampliamente utilizados en sus buenos momentos, como la manera más rápida y relativamente barata de viajar a Lima, por ejemplo.


Estos automóviles son dignos símbolos de una época en que el dominio de los Estados Unidos en occidente era innegable. Perfectos componentes del "american way of life", derrochadores, inmensos e innecesariamente gastadores, rápidos y potentes, esta línea de coches inundó no sólo las autopistas y calles de la potencia norteamericana, sino que fue el elemento ligado al progreso y la modernidad en algunos países como el nuestro. Mientras Chile o Argentina apostaron por los económicos modelos europeos de la Citröen o las versiones muy británicas de los minúsculos Austin, en el Perú optamos por esos tremendos monstruos de metal, capaces de albergar familias grandes y desplazarse por las pistas con la delicadeza de un rinoceronte. Resulta evidente que esto era posible porque el paradigma del momento implicaba un combustible barato y al alcance de todos y una actitud de desprecio al futuro porque así como como el presente, también nos pertenecía en tanto fueramos "modernos" y nos pareciéramos a nuestro modelo por defecto que eran los EE.UU. Las cosas cambiaron dramáticamente cuando el combustible empezó a tener precios inesperados para occidente, cuando las ciudades se convirtieron en sistemas densos difíciles de gestionar, cuando hasta el espacio de aparcamiento se transformó en mercancía y cuando la limpieza del aire formó parte de la agenda del sentido común. De pronto tener un coche grande y gastador como los norteamericanos, no sólo era un despropósito antieconómico, sino que era hasta una muestra de mal gusto ya que encubría ciertas carencias psicológicas y sexuales difíciles de disimular. El peso de la economía fue imponiéndose y acotaron estos automóviles al servicio de transporte público. Ahora que se les verá menos en nuestras calles y avenidas será el fin de una era con otras estéticas, con otros actores, con otras preocupaciones y no puedo decir que extraño esos tiempos.