24 marzo, 2009

EL CÁNCER DE LA IMPUNIDAD

Estremecedora escena del asesinato
Hace 20 años la comunidad internacional se estremeció ante las imágenes de 6 sacerdotes jesuitas y dos mujeres (una de ellas adolescente) asesinados en los patios de la rectoría de una universidad de El Salvador, que en esos años vivía una sangrienta guerra civil. Los asesinatos fueron atribuidos inicialmente a miembros del Frente Farabundo Martí, sin embargo, dos sobrevivientes que tuvieron la suerte de no ser hallados por los asesinos, desbarataron esa versión oficial y la cosa cayó por su propio perverso peso. Los autores del terrible crimen fueron agentes de las fuerzas armadas salvadoreñas, quienes vieron en los jesuitas a un enemigo abierto por su cerrada defensa de los derechos humanos y en contra de los crímenes que asolaban a ese país. Luego se determinaría que las fuerzas del Estado fueron las responsables de la gran mayoría de violaciones a derechos humanos, es decir, torturas, ejecuciones extrajudiciales, violaciones sexuales, desapariciones forzadas, desplazamiento de miles de personas y complots para asesinar a todos los que el régimen consideraba contrarios. Se enjuició a un par de militares que luego de muy pocos meses fueron indultados por la dictadura. Hoy se han reabierto nuevamente los procesos y esperamos que por fin los responsables paguen por sus culpas. La impunidad es un cáncer que corroe la sociedad, destruye las esperanzas de las personas en la justicia, convierte a millones de seres humanos en posibles víctimas de los vericuetos del poder corrupto y asesino. Los sempiternos detractores de la Comisión de la Verdad en nuestro país y aquellos que siguen añorando dictaduras como la solución a nuestros problemas (desgañitándose para defender al impresentable y decadente Fujimori) deberían mirarse en el espejo salvadoreño y saber que la democracia para ser un sistema social sano, no puede conciliar la violación de los derechos humanos con el afán del desarrollo o la seguridad interna. La impunidad nos condena no sólo a la pobreza moral, sino también a la miseria económica.