03 marzo, 2009

PACHACÁMAC, DEL MULLU AL TURRÓN DE DOÑA PEPA

A pocos kilómetros de Lima, por la casi insoportable carretera Panamericana sur en tiempo de verano, se encuentra el complejo arqueológico de Pachacámac. Este impresionante lugar se enmarca en un verde valle que languidece ante el avance las ansias urbanistas propias de la modernidad. Al frente, en el océano se ven las islas que aparecen en varios relatos andinos relacionados con el culto al agua. Son varias pirámides y estructuras de culto las que se pueden adivinar en una extensión muy grande y árida, en contraste con el verdor del precioso valle en el que se encuentra. Los testimonios que se han hallado en este complejo, víctima de un inclemente saqueo que viene desde tiempos anteriores a la invasión europea, han dado luces sobre las múltiples ocupaciones que tuvo este lugar, sacratísimo para la cosmovisión andina.

Muestra maravillosa de megarquitectura (así como Cusco tiene forma de puma, Machu Pichu de cóndor o Choquequirao de vizcacha), el gran centro ritual de Pachacámac parece tener forma de llama.

Las crónicas españolas cuentan que al arribo de los invasores, desesperados en su permanente sed de metales preciosos, el sueño de encontrar un alucinante tesoro se desvaneció al descubrir que el objeto de densos rituales y sacrificios era un ídolo de madera ubicado en la pirámide mayor. Esta imagen fue derribada (para estupor de sacerdotes y peregrinos que alli se encontraban) tratando de hacer cundir la idea que las imágenes y dioses provenientes del este eran más poderosos que los ídolos locales.

La Historia, ese gran laberinto de posibilidades y azares no permitió esta afrenta. El culto se desplazo, de manera lenta pero segura, hasta afirmarse en un icono de las clases populares limeñas de la colonia. Negros libres y esclavos, mulatos y zambos, amén de pobres de toda casta y origen, adoptaron al Señor de Pachacamilla (el refugio del gran poder de Pachacámac) como el gran hacedor, renombrñandolo luego como el Señor de los Milagros.